martes, 8 de marzo de 2016

frases

La lectura es la puerta a un mundo de aventuras y conocimiento, la llave es la disposición a practicarla.           

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La lectura es la puerta a un mundo de aventuras y conocimiento, la llave es la disposición a practicarla.           

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La lectura es la puerta a un mundo de aventuras y conocimiento, la llave es la disposición a practicarla.           

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¿Por qué perder el tiempo leyendo? Dicen que la lectura aumenta los conocimientos y conocer es poder pero... el poder corrompe, y la corrupción es delito, y el delito nunca sale a cuenta, si sigues leyendo ¡acabarás en la bancarrota! y eso que parecía tan inofensivo, claro los libreros quieren que pensemos así.
Todo aquel que lee, deja en un cajón de sus recuerdos una anécdota más para su existir.
EL AMOR EN LOS
TIEMPOS DEL CÓLERA
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Para Mercedes, por supuesto.

En adelanto van estos lugares:
ya tienen su diosa coronada.
Leandro Díaz

Gabriel García Márquez 7
El amor en los tiempos del cólera
Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino
de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la
casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso
que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano
Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de
ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un
sahumerio de cianuro de oro.
Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había
dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el
veneno. En el suelo, amarrado de la pata del catre, estaba el cuerpo tendido de un gran
danés negro de pecho nevado, y junto a él estaban las muletas. El cuarto sofocante y
abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse
apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para
reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas, así como cualquier
resquicio de la habitación, estaban amordazadas con trapos o selladas con cartones
negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y
pomos sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto
de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver.
Había revistas y periódicos viejos por todas partes, pilas de negativos en placas de vidrio,
muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el
aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera
identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El
doctor Juvenal Urbino había pensado más de una vez, sin ánimo premonitorio, que aquel
no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por
suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina
Providencia.
Un comisario de policía se había adelantado con un estudiante de medicina muy
joven que hacía su práctica forense en el dispensario municipal, y eran ellos quienes
habían ventilado la habitación y cubierto el cadáver mientras llegaba el doctor Urbino.
Ambos lo saludaron con una solemnidad que esa vez tenía más de condolencia que de
veneración, pues nadie ignoraba el grado de su amistad con Jeremiah de Saint-Amour. El
maestro eminente estrechó la mano de ambos, como lo hacía desde siempre con cada
uno de sus alumnos antes de empezar la clase diaria de clínica general, y luego agarró el
borde de la manta con las yemas del índice y el pulgar, como si fuera una flor, y
descubrió el cadáver palmo a palmo con una parsimonia sacramental. Estaba desnudo
por completo, tieso y torcido, con los ojos abiertos y el cuerpo azul, y como cincuenta
años más viejo que la noche anterior. Tenía las pupilas diáfanas, la barba y los cabellos
amarillentos, y el vientre atravesado por una cicatriz antigua cosida con nudos de
enfardelar. Su torso y sus brazos tenían una envergadura de galeote por el trabajo de las
muletas, pero sus piernas inermes parecían de huérfano. El doctor Juvenal Urbino lo
contempló un instante con el corazón adolorido como muy pocas veces en los largos años
de su contienda estéril contra la muerte 
EL PROPÓSITO, ES FOMENTAR LA LECTURA